Henry conoció a Marlene esperando en un semáforo. Marlene era muy guapa y comía un helado. Henry también lo era y se encendía un cigarrillo. Las continuas embestidas que profería la lengua de aquella diosa urbana llamaron la atención de un aspirante a poeta con zapatos caros: el bueno de Henry no podía dar crédito a sus ojos, una explosión de alarde y belleza lamiendo un cucurucho de dos bolas. Se abrió una puerta en el cielo y los violines de Mendelson acariciaron la realidad, más bien le practicaron una felación ante tan suprema aparición. Henry iba algo necesitado, Marlene quiso sexo ocasional, probar aquel espécimen y sentir sus acometidas en un cuarto trasero.
-Eres una diosa, una bestia surgida del interior de un océano de furia sexual. –Espetó Henry.
-Eres un colgado, un loco oportunista que se lanza a la primera de cambio. Pero me gusta tu grosería. –Marlene siguió dándole al helado. Una chica con clase.
Caminaron calle abajo en silencio. Henry era todo erección y Marlene una diosa haciendo sonar sus tacones por el enlosado bajo la atenta mirada de los jubilados y varones orgullosos de pertenecer a un mundo que se oxida con el paso del tiempo. Un mundo que se gasta de tanto sufrir el repiqueteo de la seducción y el trágico avance de la sedición en el guión establecido.
Marlene era como una acción rebelde que nadie podría sufragar: un manifiesto anarquista en el interior de sus bragas.
Entraron en un bar y se sentaron muy cerca. La camarera trajo dos enormes jarras de cerveza fresca. La vida era hermosa un jueves por la mañana, pensó Henry. Estuvieron besándose hasta dejarse los labios rojos, casi incandescentes de pasión efímera. Se fueron a casa de ella. Un apartamento enmoquetado lleno de papeles y latas vacías. Henry fue al baño a enjuagarse la boca y a revisar como estaba su pequeño amigo. Todo correcto, el general había mandado firmes, y firmes seguía el soldado. Al volver del lavabo el ardor y la salvaje eficacia de dos cuerpos jóvenes se asociaron en un perfecto movimiento de pelvis que exorcizó los gemidos de una diosa urbana en potencia. Sexo ocasional una mañana de jueves. Griterío y placer en la dulce hecatombe de dos orgasmos perfectamente cronometrados. Cuando terminaron estuvieron un buen rato charlando en la cama.
-El sexo es genial por la mañana, me gusta tu estilo Henry.-dijo Marlene mientras jugueteaba con los pelos del pecho del poeta.
Henry fumaba un cigarrillo mientras sonreía mirando al techo. Si pudiera ver el cielo probablemente le estaría sonriendo a Dios por ser tan generoso entre semana.
-La verdad es que todo ha sido muy rápido. Normalmente no soy un hombre que se abalance demasiado, ni busca cualquier oportunidad.-Henry afirmaba orgulloso. Se las daba de caballero. -La verdad es que me has cautivado desde el primer lengüetazo que le has propinado al helado.
-¡Oh Henry! Eres asquerosamente encantador.
Unos fuertes golpes a la puerta los hicieron saltar de la cama.
-¡Es el! ¡Es el!-Marlene gritaba en voz baja. Su voz reflejaba temor.
Henry recogía su ropa mientras increpaba a Marlene en voz baja.
-¿Es tu novio? ¡Mierda! Me lo podrías haber dicho.
La habitación no tenía armario y meterse detrás de las cortinas de la ducha no era una buena idea. La ventana. Henry se encaramó desnudo y se subió a la cornisa. Sintiendo el aire en sus nalgas trató de ponerse los pantalones. Un zapato cayó al vacío. Las palomas se reían de él. El viento arremetía fuerte contra sus pelotas. Consiguió vestirse y trató de avanzar por la cornisa con los brazos en cruz totalmente de espaldas a la pared. Alguien vio el zapato en el suelo y levantó la vista. Al poco rato unas cuantas personas formaban un pequeño grupo de curiosos que levantaban el brazo señalando a Henry. Se oían gritos en el interior del piso de Marlene. De repente una cabeza asomó por la ventana desde el interior.
-¡Hijo de puta! ¡Te has follado a mi novia! -Espetó un tipo con el pelo engominado que parecía muy cabreado. Enseguida sacó medio cuerpo por fuera y trató de agarrar a Henry que apenas había avanzado por la cornisa.
-¡Eh tío! ¿Pero de que cojones me estás hablando? Yo no me he follado a nadie. Solo quiero morir. ¿Crees que si me hubiese follado a tu novia estaría tratando de acabar con mi vida? ¡Déjame morir en paz!
Henry se tiró un farol de los buenos. El tipo engominado no supo cómo reaccionar.
-No me mientas, ¡tú acabas de salir por la ventana del apartamento de mi novia!
-¿Pero de que cojones estás hablando? ¡Yo no me he follado a nadie desde hace meses!
Henry miró al tipo con cara de pena. El teatro no se le daba nada mal. El tipo no parecía muy listo y la verdad es que estaba un poco desconcertado. Parecía dudar. Estuvo mirando alternativamente a Henry y a la multitud que, expectante, formaba una alfombra de cabezas en mitad de la calle.
-¿De verdad vas a tirarte? ¡Joder tío no lo hagas! La vida es corta, no hagas que lo sea aun más. Hay cosas que valen la pena. –El novio de Marlene no parecía una mala persona.
-¿Qué la vida vale la pena? ¿Alguien se acaba de follar a tu novia y me dices que la vida es bonita? Quiero morir, déjame hacerlo en paz.
-En serio, hay cosas que vale la pena vivir. Pareces muy joven. Además, la ostia va a ser muy dura. –El ingenuo novio de Marlene insistía.
-¿Qué es lo que vale tanto la pena para no arrojarme al vacío? ¿Tu novia quizás?-Henry sonrió ligeramente mientras miraba hacia otro lado.
Abajo el pequeño grupo de curiosos se había transformado en multitud. Henry tenía que actuar rápido si no quería que se presentara la policía.
-¡Déjame ver a tu novia! ¡Rápido!
Marlene sacó la cabeza, miró a Henry sin saber qué cara poner. Este le guiñó un ojo y se dirigió hacia el inocente y presunto ‘salvador’.
-¡Oye chico! ¿Cómo te llamas?
-¿Qué?
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Kevin.
Kevin, menudo nombre. Un nombre para un gilipollas de primera.
-Oye Kevin, te propongo un trato. Creo que he encontrado una solución.
-Dime, soy todo oídos.
-Creo que tu novia es muy guapa. Ya que dices que la vida vale la pena, yo quiero probar algo que valga la pena. Deja que me folle a tu novia y no me arrojaré al vacío, de lo contrario, ¡lo haré! ¡Nunca he estado tan seguro de algo! ¡Te juro que me tiraré abajo y mi cuerpo va a parecer una hamburguesa cruda! Tú decides.
Kevin estuvo un par de segundos mirando a Henry y aceptó su propuesta. El tipo estaba realmente asustado o era muy listo. Aparentemente no lo parecía. Henry se acercó sonriente a la ventana y entre Marlene y su novio le ayudaron a entrar.
-Te falta un zapato.-dijo Marlene.
-Me ha caído abajo. Lo tendrá alguno de los que estan de espectadores en la calle. ¿Podrías ir a recogerlo Kevin? Estoy un poco mareado.
-De acuerdo Henry, no te preocupes. Pero haz el favor de esperarte si quieres follarte a mi novia. Subo enseguida.
Kevin cerró la puerta y Henry se abalanzó sobre Marlene. Los dos se revolcaban de risa entre las sabanas. Empezaron a darle al asunto cuando se abrió la puerta y apareció Kevin con dos policías. Uno de ellos tenía una retirada a Matt Damon.
-¿Es suyo este zapato?
-Oh mierda, si. ¿Podrían hacer el favor de cerrar la puerta?
-Debe usted acompañarnos, caballero. Tenemos que hablar con usted seriamente. Ha intentado suicidarse. Eso es delito.
Marlene salió corriendo de la cama y se situó al lado de su novio, lo abrazó y lo miró con ojos de cordero degollado. Marlene era el tipo de mujer que tira la piedra y luego esconde la mano. Henry se subió los pantalones y los dos agentes le acompañaron a un coche patrulla, le metieron dentro y se lo llevaron. El agente Matt Damon conducía. Era el malo de la pareja pero con aquella cara más bien parecía gilipollas. Henry, esposado, se miraba el zapato que le había caído. No le había dado tiempo a abrochárselo.
El sol seguía brillando un jueves por la mañana, pero no para Henry.

