Caes extasiado en la cama. Tus biorritmos son un tambor guerrero en mitad de la espesura, los latidos se convierten en un inquietante ritmo que no cesa en su empeño de provocarte un paro cardíaco. Tu novia se ríe de ti mientras tu cara queda sumergida en las sábanas. Aprietas fuerte tu rostro contra el colchón de oferta, tratando de asfixiarte a ti mismo.

No puedes soportar follarte a tu novia en su casa, algo no deja de acosarte.

Nunca imaginarías que un antepasado que sigue viviendo en la misma casa donde Montse se aloja, no cese en su empeño de aparecer frente a ti mientras jadeáis como si os fuera la vida. La postura del misionero se convierte en una de tus peores pesadillas. Practicar el perrito encima de la cama es equiparable a descender al infierno por una escalinata sin barandilla.

El rostro de una mujer con batín de estar por casa aparece a dos centímetros de tu cara justo cuando estás a punto de eyacular. Tus orgasmos se asemejan a la primera vez que viste ‘El exorcista’. El pánico se mezcla con el placer y cada vez te apetece menos acostarte con nadie.

El reverso oscuro de la muerte hace acto de presencia en los lindes del amor carnal.

Juntáis vuestras caderas en una comunión perfecta mientras alguien te susurra palabras inconexas al oído. El ente que tiene planeado joderte la vida viste zapatillas y lleva rulos en el pelo. Estar por casa es lo que tiene. La elegancia no se digna a asomar la patita ni aun estando muerto.

Cada vez que te lías con alguien acabas saliendo perdiendo. O bien gastas dinero, o aparece un candidato que termina por levantarte a tu pareja o tu poca solvencia acaba por dejarte sólo, tirado en tu habitación de alquiler.

Pero esta vez es distinto. Un espíritu posesivo no quiere darte la bienvenida a su territorio.

Tu actual pareja es una adicta al sexo y cada vez que los flujos de su excitación forman un torbellino en su interior, no duda ni un segundo en hacer sonar tu teléfono en mitad de un cuento que estas escribiendo o en una salida que tenías planeada al centro.

Y como buen cumplidor en la esfera sexual, decides dejarlo todo para meterla en caliente.

Visto desde fuera eres el esclavo del deseo de otra persona. El sexo une y crea subalternos del amor que no dudan ni un segundo en juntar sus sexos con especímenes atrayentes.

Te levantas de la cama y vas al lavabo. El espíritu con zapatillas te sigue por el pasillo y te ordena que te vayas de su casa. Tiemblas ante la idea de ver tu cara en el espejo. No es ella la que te aterra en estos momentos, sino tu mismo. El cúmulo de terror acumulado que experimentas contrae tus facciones de un modo exagerado. Cuando ves tu propio reflejo eres la cadencia de un violín oxidado. Gruñidos en lugar de arrugas componen una faz difícil de definir con palabras.

Tienes miedo pero no quieres mostrárselo a tu pareja porque también eres un adicto al sexo.

En ocasiones el deseo carnal nos hace cometer actos contrarios a nuestra naturaleza. Hacer el amor en lugar de huir se convierte en una terapia no deseada en estos momentos.

Vuelves al dormitorio y ella te espera a cuatro patas, ofreciéndote su deseo convertido en unas nalgas altamente apetecibles. La penetras, aterrado por una voz de ultratumba que acompaña a un cuerpo intangible, un alma atormentada por todos aquellos amantes efímeros que sólo desean la vagina de la actual inquilina. Lo que no comprendes es como tu miembro sigue en posición de firmes cuando la voz que trata de echarte a la calle se multiplica por tres y el acoso espectral aumenta a niveles insospechados.

Delante de ti, tienes un trasero altamente deseable y tres seres mirándote fijamente a los ojos, sonriendo maquiavélicamente, tratando de ponerte los pelos de punta. Pero tu cada vez envistes con más fuerza, quieres terminar de una vez por todas con todo esto. Rociar con tu leche a los espectros y así, mancillar todo resquicio de honor que reside en todas las generaciones ancestrales que quieran ponérsete por delante.

Eres como Bill Murray en los Cazafantasmas cuando tu esperma vuela por la habitación y traspasa a los tres entes que te miran con insolencia. Ahora eres tu el que se interpone en el camino de los muertos, en lugar de ser un estorbo para ellos.

Caes extasiado en la cama. Te importa bien poco lo que ellos puedan venir a decirte. Incluso cuando te enciendes un cigarrillo y miras al techo, les tiras todo el humo en la cara mientras Montse te da un lametón en el pecho y te roba una calada. Eres su héroe particular. Su cazador de espectros con la cara contraída por el horror que trató de inculcarte un ente extremadamente territorial.

Terminas de fumar y te levantas de la cama. Ella te coge del brazo. Quiere que te quedes un poco más, pero no puedes. Necesitas aire fresco. Salir a tomar una cerveza y regresar simplemente para joder a una inquilina muerta que no quiere que vuelvas jamás. Abrazas a Montse, la besas en la boca y le dices que la llamarás más tarde.

Sales a la calle y comienzas a tranquilizarte. La tensión que inunda tu cuerpo se va disipando lentamente, como una aspirina disolviéndose en un vaso de agua.

Caminas sin saber adónde irás. Entras en el primer bar que encuentras abierto y sonríes cuando las ásperas miradas de los clientes del recinto se clavan en ti. Te sientes a gusto.

Los vivos te dan la bienvenida, aunque sea con un estilo un tanto torpe.


Hacéis el amor hasta la extenuación. Fuera, el ruido de los camiones de la basura os recuerda que vivís rodeados de un sistema operante. Un sistema lógico que utiliza las normas y el protocolo para definirse a sí mismo. Encendéis el último de los cigarrillos a la vez. Sois como dos autómatas del amor circunstancial, fumando desnudos en el vacío de vuestra existencia. Los dos estáis acostumbrados a las relaciones esporádicas, pero esta vez, cuando os miráis a los ojos intuís que algo ha cambiado.

Atracción.

Vuestros cuerpos son como imanes que necesitan del calor humano. Dos seres sin rumbo fijo que de repente se encuentran en el camino. Un camino tortuoso repleto de alcohol, THC y besos a desconocidos. Se repite el sexo en las esquinas de la muerte cuando tu cuerpo te pide más. Ojos cerrados cuando dos lenguas se enzarzan en una batalla sin cuartel.

Deberíais haberos conocido antes.

Cuando os dejasteis perder por una cortina de humo en tugurios con poca luz y mucho camello suelto. Cuando el mercado de la droga comenzó a triunfar en garitos que frecuentaban niños de clase media-alta.

Ahora sois dos despojos fumando y tosiendo en una cama alquilada. Exhalando humo y mirándoos a los ojos rodeados por las paredes de una habitación con las cortinas manchadas de nicotina.

Mientras reservabais la habitación no podíais dejar de besaros ante el recepcionista.

- A ser posible para fumadores, por favor.

Toda la cola de parejas os miraban de soslayo mientras el intercambio de saliva comenzó a apestar ligeramente. Lo malo de besar seguido es que debes descansar y recargar las pilas. Un beso apestoso es igual de enfermo que fumarse un prologo cuando no se tiene papel de fumar.

O como beber de una lata de cerveza cuando no te acuerdas que alguien la ha usado a modo de cenicero.

Vuestros ojos están enrojecidos por el amor. Seguís dándole a la lengua cuando os avisan de que debéis salir de la habitación. Ya ha pasado el tiempo pactado. El amor es un trato y un combate de boxeo de cuatro asaltos.

Os vestís y salís a la calle cuando comienza a salir el sol. Os miráis a la cara y el índice de atracción desciende en picado. El hormigueo que sentíais cuando estabais en la cama tan solo era fruto del alcohol y los cigarrillos de hierba. Las ganas de separarse se hacen latentes cuando pronuncias algo parecido a una despedida y bajas la calle maldiciendo por no encontrar nunca a nadie que supla tu vacío existencial. Sólo te sientes lleno cuando te intoxicas.

Eres un adicto al veneno en pequeñas dosis, que sólo suple sus carencias afectivas con el ronroneo de un demonio que vive en tu interior, cada vez que inhalas muerte a pequeñas dosis.

Llegas a tu casa y oyes como tu padre ronca. Te acuestas cuando comienza un nuevo día. Mañana tratarás de suplir tus frustraciones matando zombis en un videojuego o simplemente metiéndote en un garito con poca luz y poca decencia.

El anhelo de tus deseos exhala su último suspiro en el segundo nivel de un juego de consola.

Al día siguiente te despiertas tarde y decides abandonarte a tus instintos más primarios metiéndote en el mismo lugar donde estuviste ayer. Te encuentras con la misma chica con pinta de cadáver con la que os encerrasteis en una habitación de alquiler. Tratas de evitarla pero cuando menos te lo esperas, ella trata de arrancarte el corazón metiéndote la lengua hasta la tráquea. Mueves el musculo bucal simplemente por hacer algo. Estás aburrido, estás hastiado. Sólo quieres huir de ti mismo y de la pequeña dictadura instalada en el disco duro de tu raciocinio.

En muchos casos, las relaciones esporádicas que se repiten, llegan a convertirse en una relación a largo plazo. Depende de cuantos años vivas, una relación larga puede convertirse en un romance de verano. Tu corta vida llega hasta el momento en que comienzas a pensar en ello. Has tenido más relaciones amorosas que romances de alcoba a lo largo de tu vida. Con 30 años subidos a tus espaldas, como si de un mono se trataran, piensas que no has sido tan desgraciado.

Si cuentas todos los besos y polvos en habitaciones con las cortinas echadas, te das cuenta de que tu vida ha sido un constante devaneo con el género opuesto convirtiéndose a su vez, en una larguísima relación de amor con diferentes mujeres.

Eres el hombre múltiple. Un seductor fotocopiado que ha amado a un montón de mujeres mientras creía caer en un abismo de soledad.

Vuestras lenguas son ahora un torbellino. Decidís abriros paso entre la gente para buscar un lugar más tranquilo. Salís por la puerta trasera. Los toqueteos  y metidas de mano se convierten en chispas que iluminan todos aquellos rincones de la ciudad que el alcalde se ha negado iluminar. En un rincón sin luz los jadeos suben el volumen de vuestra pasión incontrolada.

En un sociedad donde los valores surfean por las tuberías del sinsentido, las pedidas de mano se convierten en metidas de mano.

Os besáis como condenados a muerte. El hedor a cenicero y saliva rancia no es un inconveniente cuando vuelve a resurgir el deseo nocturno. Os miráis fijamente a los ojos.

Nace de nuevo el amor fugaz. Tienes el pantalón a punto de reventar cuando ella te pide que te la saques y la ‘empales’ con ella. Te bajas los pantalones y suplís el deseo sexual a base de envestidas y silencios incómodos cuando alguien pasa por la calle de al lado. Utilizar el escenario público para suplir vuestras necesidades se asimila a tratar de abrir el bote de las galletas cuando sabes que no debes tocarlo.

Las travesuras no entienden de edad.

Sacias su apetito sexual mientras os corréis en estéreo. Los gritos son como un pequeño crimen y la verdad es que mientras os subís los pantalones y os ha bajado el alcohol, os sentís un poco como si lo hubierais cometido. La conciencia y el buen uso de esta vuelven a sentarse en el trono de vuestras conciencias.

La miras a la cara y te ocurre lo mismo que la noche anterior. Misma chica. Mismo sentimiento de repulsión cuando buscas el encendedor en los bolsillos de tus vaqueros demasiado roídos.

Vuelves a bajar calle abajo casi sin despedirte de ella. Has prolongado un poco más la relación sentimental del hombre múltiple. Unos minutos más de placer y besos fortuitos. Nada más.

Piensas que mañana vas a cambiar. Enfrascado en tus pensamientos enciendes el mp3 y te sientes un poco más animado. Un poco más contento por ser como eres a pesar de que nunca encuentres la estabilidad emocional. ¿Y a quien le importa eso cuando lo que realmente cuenta es suplir el vacio matando zombis en un videojuego de alquiler y liarse cigarrillos de hierba cuando los demás crían pequeños mastuerzos que piensan de la misma manera que tú?

Sonríes ante la superficialidad de tu raciocinio.

Aunque realmente no sabes si te ríes de ella o con ella.

La primera vez que os visteis nunca pudiste imaginar que le gustaba exhumar cadáveres mientras escuchaba grabaciones de los poemas de Baudelaire.

Poesía y muerte en los sótanos de la morgue.

La primera vez que la conociste creías que una poeta con zapatillas de deporte solo podría esconder un amor profundo por la prosa de Bukowski y los poemas de Ted Hughes. El eco de los sótanos agudiza el timbre de sus voces y les da un aire inmortal. Como los cuerpos que desmenuza con delicada precisión y apila uno encima de otro, como en una fosa pestilente.

Su arte es el culto al cuerpo en estado ‘post-mortem’ mientras la candencia de un poema recitado ilustra las paredes con palabras inexistentes.

Sentados en un claustro salmantino os miráis a los ojos y tratáis de que pase algún ángel vengador para poder besaros en la boca. Últimamente, los arrebatos de pasión que te poseen son ligeramente violentos. Las chicas tuercen la boca transformándola en una mueca de asco y te ofrecen su mejilla pintarrajeada con productos cosméticos.

Deberían poner cianuro diluido en los tarros de colorete.

Todos aquellos que se abalanzan a las mujeres sin recibir ninguna señal por parte de ellas, morirían en un intento de buscar el amor efímero.

El mismo que mató a Romeo y Julieta.

Apoyados en una columna llena de recuerdos tratáis de leer  vuestro pensamiento y adivinar en qué momento podéis juntar vuestros labios. Unir la vida con la muerte. Hacer de este momento un regalo que siempre podréis recordar a seis metros bajo tierra, mientras la poesía y los cadáveres apilados os sirven de inspiración.

Una inspiración única que huele a formol y a desinfectante.

La primera vez que hablasteis no imaginabas que la cadencia de un poema romántico puede conjuntar tan bien con la disección de un antebrazo. Los poemas de Kerouac acompañan a la extracción de los riñones. Las rimas asonantes de Cervantes son geniales para descubrir el intrincado laberinto del cerebro humano.

Ser, o no ser. Esa es la disección.

Con un cráneo en la mano tratas de entender el misterio del hombre. Los poemas de Dylan Thomas te lamen la mano en un intento de trepar hasta tu alma y formar un todo poético en tus pensamientos.

Juntáis vuestros labios en lo que parece ser un flechazo de amor. La atracción y el deseo firman un tratado en la fría piedra que os sirve de cobijo una tarde lluviosa, perfecta para que te enseñe su pequeño reducto de paz e inspiración.

Cogido de su mano ves por primera vez un laboratorio de exhumación de cadáveres. Los cuerpos entregados por decisión propia a la ciencia, se apilan como chuletas de cordero en una carnicería de subterfugio. Ella te sonríe en lo que parece ser una muestra de bienvenida a su refugio particular.

En la pared, un estante repleto de grabaciones decora una de las paredes de la estancia. Poemas de Rilke, Poe, Pizarnik, Cohen, Saramago, Peri Rossi, Lorca o Bian, conforman la inspiración y el ritmo para practicar disecciones, abrir cuerpos y extraer órganos que otros necesitan. El gran supermercado de la ciencia humana en cincuenta metros cuadrados y con enlosado blanco hospital.

La salvación en el refugio de la literatura.

Abre cuerpos mientras ensalza al epíteto homérico. Su bisturí es un surfista profesional en la gran ola de un cuerpo sin vida. Cada vez que extrae un hígado y llora por la sencilla sensibilidad de un soliloquio, sientes que la amas profundamente.  Sin esperar a que extraiga los cinco quilos de carne muerta, tratas de besarla apasionadamente.

Ella te ofrece la mejilla. En mitad del trabajo no puede distraerse ni un segundo.

Menos mal que no lleva colorete con cianuro. Menos mal que nadie lo ha inventado.

Los versos de la Ilíada de Homero conjugan perfectamente con la disección de un actor venido a menos muerto por un fallo cardíaco. La extracción de sus órganos es una obra de arte delicada en manos de tu actual amante ocasional.

Se limpia las manos cuando termina su trabajo y guarda un corazón en una nevera repleta de hielo. Finalmente quiere que la beses después de pintarse los labios de rojo pasión. Vuestros labios son el puente que une vuestro afecto y vuestros fluidos. Un acueducto en miniatura que sirve de trampolín para los minúsculos gérmenes que viven en vuestras cavidades orales.

Separáis vuestras cabezas con un sonoro ruido de ventosa. Decidís salir a la calle.

Tratas de abrir la puerta cuando comienzas a ver doble. Las paredes comienzan una danza ondulante y el suelo es una noria sin freno. Tu cabeza te da vueltas. Te sientes drogado y fuera de lugar. Como un mal viaje de Dante en las catacumbas del averno.

Caes al suelo.

Aun puedes ver, oír y respirar.

Tu ligue ocasional, aquella que te ha ofrecido las dos caras de la moneda cuando has intentado besarla, te comunica mientras se limpia la boca con un algodón empapado en alcohol etílico, que inyecta formol en su pintalabios para atrapar a chicos inocentes y poder extraerle sus órganos vitales. Tu única causa a hora mismo es la colaboración incondicional con el mundo de la medicina.

Apoyar una buena causa a veces implica un poco de sacrificio.

Tu ligue efímero te cuenta que muchos de los cadáveres de la estancia han sido chicos que ha conocido y que ha besado con su pintalabios color rojo pasión. Muchos de los cuerpos que yacen apilados uno encima de otro como en un cementerio de coches.

Sientes que estas son las últimas palabras que vas a oír. Sueltas una lágrima a modo de despedida.

El mundo se funde en negro mientras Allen Ginsberg recita con una cadencia altisonante.

¿No lo has notado?

Todas aquellas mujeres que pasaron por tu vida son ahora de otro. La pasión y el calor que sentiste al tenerlas en tus brazos se ha convertido en un vago recuerdo repleto de sonrisas y besos de subterfugio. En el sótano de una casa de madera tienen lugar los últimos momentos de tu vida. Sabes que vas a morir porque alguien dentro de ti te obliga a encañonarte una pistola en la sien.

Eres pasto de las bromas de mal gusto del mismísimo diablo.

Los hematomas que tienes en los brazos y rodillas son como un mapamundi con el que puedes localizar las zonas más sensibles de tu cuerpo. En el antebrazo, por la parte de dentro, el dolor es más agudo cuando te lo cortas en forma de pequeñas cruces. La parte exterior del bícep es más fuerte. Casi no notas los rasguños que te has auto infligido con una Gillette. Tu cuerpo es como el mapa de la tierra media pero sin los puñeteros hobbits fumando hierba y retozando en los idílicos prados de la comarca.

El castigo al cual te ha sometido un demonio apodado Beng, promete ser la traca final de tu vida.

El espíritu que albergas en tu interior dice ser un diablo gitano procedente de Rumanía. No contento con la situación actual de sus habitantes decide poseer a todos aquellos cuerpos que pertenezcan a la clase media alta, aquellos que no quieren soltar una moneda a todas aquellas mujeres que piden caridad sentadas en las aceras.

A todas aquellas mujeres que los habitantes de la ciudad ni se dignan a mirarlas a la cara.

Y ellas que aprovechan la ocasión para hincharse a tirar maleficios a los transeúntes. Las mujeres solventes que pasean por los bulevares pronto serán despojos humanos con el camisón sucio y acartonado hablando en latín y realizando posturas imposibles. Los hijos de papá con las gafas de sol Aviator de Rayban, pronto tendrán la mirada en blanco y no recordarán su primer beso con la chica más guapa de su clase porque un diablo con ínfulas de pequeño dictador en potencia, se ha encaprichado con su joven y tierno caparazón humano.

El mundo espiritual sufre una de las mayores crisis de la historia de las posesiones.

Los demonios abandonados a su suerte por el magnánimo todopoderoso, entran y salen por decenas de cuerpos que sufren una crisis espiritual. Es muy probable que la misión del anticristo sea encauzar al espíritu desprovisto de creencias por el camino de la religión. Con el cañón del revolver apuntándote a ti mismo, piensas en un sistema de redención un poco más suave. Decides ir a la iglesia cada domingo para que el demonio te deje en paz, pero toda decisión demoníaca es imposible de debatir cuando tienes al mal personificado dentro de tu pecho.

¿No lo has notado?

Tratas de dejar la mente en blanco y te acuerdas de Carina, de aquellos primeros besos en el alfeizar de una tienda de esoterismo cerca de la escuela donde estudiasteis. Te acuerdas de su piel cálida y sus labios de sofá, siempre a punto de acomodar los tuyos en lo que podríamos denominar un intento de beso adolescente. Te acuerdas perfectamente porque ahora tienes un trozo de metal a punto de explosionar en el interior de tu boca en forma de O.

El diablo que se aloja en tu cuerpo se encarga de recordártelo.

¿No lo has notado?

Te acuerdas de Anna y de sus pechos perfectos. De su respiración cuando os quedabais dormidos después de sudar en la cama y de sus ojos como poemas. De los cigarrillos que fumabais en la cama antes y después de juntar vuestros sexos durante horas en las tardes de verano. ¿Te acuerdas?

El diablo apodado Beng te obliga a asentir con la cabeza.

Y por si no lo has notado, la última bala que queda en el cargador lleva tu nombre escrito y no puedes hacer nada para detenerla. La clase media alta sufre por no tener un referente espiritual. Dentro de unos minutos tu estatus social ya no le importará a nadie.

Las gitanas rumanas no cesan en su empeño de convertir a todo aquel que tiene el espíritu vacío. De todo aquel que solo necesita llenar su armario con ropa que no necesita. Los diablos surgen del averno para quedarse con tu alma.

Beng, el diablo inmigrante hace justicia social a través de sus incursiones demoníacas. Esta vez te ha tocado a ti. Con una pistola en la boca te acuerdas de Laia y sus piernas torneadas brillando bajo los rayos del sol. Te acuerdas de todas las horas que pasasteis en la playa fumando marihuana y bañándoos cuando el sol se partía en dos en el horizonte.

Te acuerdas absolutamente de todo mientras saboreas el metal frío en tu paladar.

Te levantas un metro del suelo con el cuerpo en forma de cruz y no hay nadie que pueda verlo. Estás totalmente abandonado en el sótano de tu casa de madera en las afueras de la ciudad. Las enseñanzas que el diablo trata de inculcarte en latín solo son palabras sin fundamento en los últimos momentos de tu vida.

No sabes que va a pasar, pero lo intuyes.

Regresas al suelo y vuelves a encañonarte en la boca.

Te acuerdas de Miriam y su trasero duro como bolas de jugar al billar. Te acuerdas de su piel clara y sus pies perfectos. Siempre te han vuelto loco los pies femeninos. Sigues definiéndote como fetichista a pesar de tener un diablo metido en el cuerpo. Y por si no te habías dando cuenta no cesa en su intento de instruirte conocimientos  y oraciones en latín. Sueltas espuma por la boca y un trozo de pizza de tu anterior comida. Tu camisa de Armani es ahora un collage de sangre, sudor y vómitos, donde no hay lugar para el estilo y la sofisticación.

Sientes que ya ha llegado el momento cuando te vienen a la mente las lágrimas de Silvia aquel verano en la estación de tren. Cuando la abandonaste por un trabajo mejor remunerado en otra ciudad. La vida es cruel y el amor muchas veces sufre por culpa del trabajo de otros. El mundo laboral se mente hasta en el terreno sentimental. Sin remedio cae una lágrima por tu cara cuando el diablo inmigrante decide terminar con tu vida. No eres un buen alumno en tu aprendizaje del latín y las oraciones sagradas. Siempre estás pensando en tetas y culos y labios altamente besables.

Tus dedos se ponen más tensos de lo normal hasta ahora y notas como el arma se dispara en el interior de tu boca.

Todo ha terminado.

Has vivido una vida plena a pesar del poco tiempo que se te ha concedido. Tu alma se dirige a alguna parte pero no sabes exactamente hacia donde.

La guerra espiritual sigue en las calles. Las gitanas rumanas continúan en su empeño de ‘convertir’ a todos los hijos del consumismo.

Y a ti te ha tocado antes que otros.

Por si no te habías dado cuenta es así.

¿No lo has notado?

Sentirte en la cima de una montaña de lujuria cuando tienes a una chica de 21 años con las carnes prietas como salchichas de Frankfurt en toda la plenitud de falsa generosidad que pueden ofrecer tus brazos tatuados. Antes de saber que vas a acostarte con ella te transformas en un ser amable, que nunca ha pensado en quitarle las alas a una mosca o robarle el protagonismo a uno de tus geniales y tímidos amigos que, en la mayoría de los casos, acostumbran a hacer de apuntadores de los líderes de la manada.

Generalmente los exponentes en los grupos sociales acostumbran a ser como ataúdes sin un hermoso cadáver que mostrar. Muerte envuelta en papel de regalo.

La falsa bondad fluye por el interior de tu cuerpo como un litro de ginebra recorriendo el mapa de carreteras de las venas de un aspirante a alcohólico. Tienes 37 años y no cesas en tu intento de ofrecer tus labios a toda bella señorita que no sobrepase los 23. Te sientes el lobo de Caperucita con una tierna y joven víctima a la que hincarle el diente. Llevas un montón de mentiras en los bolsillos, para engatusar a cualquier chica hermosa que no sabe apreciar la diferencia entre un poeta y un embaucador.

Nunca te fíes de un hombre con poesía en sus ojos.

La agarras por la cadera mientras los besos son como latigazos en el infierno. El dulce deseo que cinco minutos antes os invitó a unir vuestras bocas, ahora se ha convertido en hambre y desespero por arrancarse la ropa y marcarse un tanto en el campo de entrenamiento del sexo ocasional. Rasgarse las vestiduras a modo de penitencia antes de inmolarse de gozo debajo de las sabanas y explotar de placer un sábado por la noche mientras los hijos del insomnio tratan de pensar en algo que les haga dormir.

Los hijos más importantes del mundo surgieron gracias al insomnio de otros.  Mejor follar para pasar el rato y engendrar sin desearlo un pequeño líder en potencia.

Salís a la calle y a ella le apetece fumarse un cigarrillo y mirarte a los ojos en lugar de parar un taxi y refugiarse en los brazos de un farsante que solo necesita desahogarse. Meterla en caliente y ahuyentar tus fantasmas mediante el sexo con una desconocida a modo de terapia personal se transforma en tu prioridad más absoluta.

Te impacientas.

El bulto que tenías hace dos minutos en la entrepierna ha desaparecido al igual que la sonrisa socarrona que algunas mujeres suelen admirar.

Fumas con prisa y se te nota demasiado. La premura asoma la patita por debajo de la puerta y tu presunta víctima de esta noche lo está comenzando a notar. Su mirada de deseo se torna un ceño fruncido que cada vez se separa más de ti tratando de simular su distanciamiento con una conversación que pretende ser interesante. Tratas de hacer un intento de aproximamiento cogiéndola por la cintura y ella se deja besar. Pero es un beso corto, como un ridículo halago que nunca se convertirá en una reverencia.

Besos políticamente correctos que se usan a modo de despedida. Deseos frustrados que te atormentan al cabo de cinco años, como un mal sueño después de ver una película de serie B.

Tu ración de amor vaporoso termina con un intercambio de teléfonos y un mal beso en mitad de la calle, justo en el momento en que el último reducto de borrachos sale a la calle como una horda de zombis buscando algo que meterse en la boca. Te apoyas en una columna y enciendes un cigarrillo. Dos tipos mucho más jóvenes que tú charlan a dos metros de donde estás. Usan un protolenguaje propio que han inventado en las noches de borrachera. Palabras y conceptos que solo entienden ellos y así pueden comunicarse sin que los demás lo entiendan. El nivel de estupidez humana a veces se convierte en toda una revelación: mediante el uso de conceptos inventados se crea un idioma secreto que provoca carcajadas nerviosas,y a su vez, estas terminan en un largo e incómodo silencio.

El mundo está lleno de farsantes que tratan de estafarse a si mismos sin ningún tipo de recompensa personal. El auto engaño sirve a modo de paliativo para alimentar el estómago de la estupidez más abyecta.

Te pide fuego una chica surgida de la nada que levita como si llevara un monopatín en los pies. Con una de tus mejores sonrisas le ofreces el último estertor de tu encendedor. Las chispas que lo acompañan en lo sucesivo son una canción de despedida. Los destellos extinguidos de un mechero barato se convierten en el brillo de los ojos de una mujer de unos treinta años que busca sexo rápido cuando se da cuenta de que han cerrado la discoteca.

El abismo que existe entre vuestras bocas se hace cada vez más pequeño y el deseo se torna un beso de tornillo bajo los primeros rayos del sol.

-Antes me gustaría desayunar algo.

La acompañas mientras el nivel de bondad efímera incrementa considerablemente paralelamente al bulto de tu entrepierna. Deberías hacer algo con ello. Deberías dejar que hicieran algo con ello. Coméis tortilla de patatas y bebéis cerveza. Sientes el deseo urgente de ir al baño. Te levantas de la mesa y empujas la puerta que te lleva a la redención de tu aparato mingitorio. Una buena meada a veces sienta mejor que el polvo más genial. Sientes como el deseo toca los tambores de la guerra por las tuberías de tu amado soldado del amor. Los rayos del sol entran por la ventana e iluminan tu erección como si fuera la espada de Excalibur saliendo de las aguas.

Escondes al deseo convertido en un mástil que conduce un barco sin rumbo por las cálidas aguas del amor efímero.

Cuando sales del baño ella no está. Sales fuera y te la encuentras llorando y fumando un cigarrillo y mirando el teléfono.

-¿Qué te ocurre?

-Nada, nada. –Mientras se restriega el rímel corrido dibujándose un antifaz que no consigue ocultarle la pena que trata de disimular.

Le limpias las lágrimas con tus dedos y te quedan las huellas dactilares negras, como cuando tienes que dejar tu imprenta en un certificado para ingresar en prisión. Pero esta vez no vas a atravesar las puertas de ninguna institución, ni tan sólo la de una pequeña con las persianas bajadas y las sabanas de la cama arrugadas.

-Lo siento, tengo que irme.

Sin preguntarle el motivo has dejado que se suba a un taxi con el contador rugiendo como un cachorro de tigre hambriento. La tristeza de sus ojos se queda grabada en tu mente durante todo el camino de retorno a casa.

Encuentras un cigarrillo entero en el suelo, lo enciendes mientras piensas te pones los auriculares y las notas de ‘Sexy Boy’ te acarician el oído. Con un escudo de resignación caminas en dirección a tu casa, donde la ingestión de THC tratará de suplir al deseo que se esconde en el interior de tus pantalones.

Caminas a paso firme. Exhalas muerte a pequeñas dosis.

A pesar de tu deseo fustrado, sonríes para tus adentros mientras piensas que el anhelo del deseo es más fuerte que el acto sexual en sí.


No puedes hacerles frente. Son demasiados. Cada vez que sales a la calle tu corazón palpita todo el miedo que escondes aferrado en las costillas. Porque eres un ser humano, un tipo sensible que a pesar de haber visto un montón de películas de serie B y no temerle a la sangre te asustas cada vez que se acercan a paso lento hacia ti.

Eres su primer plato, eres un dulce bocado en mitad del principio del fin. Como un pastel de arándanos en un bosque quemado.

Sufres cada vez que ves a tu hermana subida en la motocicleta, esperándote con el motor encendido y todos aquellos seres con la ropa sucia y arrugada avanzando hacia ella, con la mirada apagada, la cabeza ladeada, un lánguido estertor a modo de suplica que pide la redención en un primer bocado nocturno.

Tratas de ir lo más rápido posible, una patada para abrir la puerta de lo que antes fue un templo del consumismo, abres la mochila, los supermercados abandonados se convierten en un nuevo mundo lleno de posibilidades que terminará dentro de doce horas. Recoges todo lo que puedes y no puedes reprimir una lágrima cuando ves que están demasiado cerca de ella.

Y es entonces cuando tienes que ponerte serio.

Vuelves a salir a la calle y te abres paso con un bate de aluminio Easton Super Magnum. Nadie había bateado tan fuerte en toda la historia del béisbol.

Tres años antes jugabas en la liga profesional con los Marlins Puerto de la Cruz. Ahora revientes cabezas huecas con uno de los mejores bates del mundo. Tu brazo es una autentica pesadilla para los caminantes. Tu cerebro se sirve como primer plato como te descuides un momento.

Tu hermana grita desde el otro lado de la calle mientras le da gas al máximo a la dos ruedas y aprieta el freno a la vez, para poder salir lo más rápido posible una vez te hayas subido en la parte de atrás. Una vez más no has podido pillar nada de comida. Vais a tener que iros a otro distrito más tranquilo y tratar de encontrar algo para comer.

Cada día que pasa eres más lento y tu hermana está más cabreada. Siempre fue algo más dura que tu. Una triunfadora al lado de uno de los mejores bateadores de la ciudad. Pero solo eso, un deportista que algún día se haría viejo y ya no podría levantar el bate más alto que sus cojones.

Te subes a la moto justo cuando un caminante trata de morderte en el hombro. Pero no lo consigue. En menos de diez segundos ya estáis a decenas de metros de sus caras inexpresivas y sus bocas deseosas de carne fresca. El sonido del motor retumba por las calles abandonadas. Tan solo unos cuantos despistados deambulan buscando un trozo de carne para llevarse a la boca.

Zombis. La muerte acechante en directo al cruzar la puerta de la calle. Hace tres años las facturas y las chicas que te abandonaban eran tu peor pesadilla. Ahora los problemas son reales. Debes convertirte en un animal si quieres vivir. Matar o ser matado. Vivir o renacer apestando a carne pasada…

Tu hermana te hecha la bronca mientras recorréis las calles desoladas subidos en una Norton de los años setenta. Tiene razón, eres un lento de mierda en un mundo que cada vez exige ser más rápido, más fuerte y más listo.

Vas a tener que ponerte las pilas.

Avanzáis por el asfalto con el mismo porte que un caballero andante en busca de aventuras con las que llenar un libro. Sois fuertes y no demasiado viejos, las chaquetas de cuero y las botas de montar os sientan como anillo al dedo.

El mejor vestuario para un apocalipsis zombi consiste en llevar ropa de roquero. El cuero es más difícil de atravesar que otros tipos de material, y las botas duras sirven a modo de ariete para reventar puertas cerradas. La ropa deportiva resultaría demasiado poco resistente a pesar de su ligereza. Lo cierto es que unas buenas zapatillas de correr resultan idóneas para salir pitando en caso de emergencia.

Pero no cuando vas subido en una motocicleta.

Os detenéis en una zona aparentemente tranquila junto a un área de servicio. Le pides a tu hermana que apague el motor. El ruido atraería a nuevos invitados a cenar. Avanzas medio agachado sin saber porqué. El miedo te hace hacer cosas que no tienen explicación. Eres un caballero andante con el trasero prieto y con ganas de llegar a casa e hincarle el diente a cualquier trozo de bollería industrial que puedas encontrar en los resquicios de la civilización.

Civilización, estado de orden que trata de proyectar un sistema impoluto, mediante la exhibición de un escaparate internacional cuidadosamente estructurado e intervenido por sus mandatarios, cuyo interior apesta a fosfatina y a formol.

Holocausto zombi, estado de desorden y desconcierto donde el caos reinante se asemeja al estado insostenible en el cual basa sus pilares la civilización antes de su holocausto. Su estructura se asemeja bastante, y añade el condicionante de que el ansia por comerse a su semejante se convierte en algo real y totalmente masticable.

Algunos podrían decir que el hombre, este vivo o este muerto, sigue queriendo joder a su vecino. Sea del modo que sea.

El camino no es importante mientras se llegue al mismo destino.

La puerta del área de servicio está abierta. Es posible que haya algún zombi acechando detrás de alguna estantería, buscando algo con lo que llenar lo poco que queda de su alma. Con la mochila abierta y el bate de béisbol en alto a modo de espada victoriosa te deslizas silenciosamente por la estancia. Eres el silencio personificado, como una corriente de aire fresca y limpia avanzas rápida y sigilosamente llenando la mochila con lo que encuentras. No hay tiempo para comprobar las fechas de caducidad. Es posible que se haya pasado el día. Al mundo entero se le ha pasado el día.

No importa.

Al parecer estas sólo en el área de servicio. Ves a tu hermana esperándote sentada encima de la moto mirando nerviosamente de un lado para otro. No hay nadie en la calle, tienes la mochila medio llena. Esta noche cenáis. Sonríes para tus adentros como si fueras un indigente que ha encontrado un billete de cinco euros en el suelo.

Ahora comienzas a entender la verdadera naturaleza del hombre cuando no tiene nada que perder. Partir de cero invita a encontrar la verdadera razón de su existencia: la lucha por la supervivencia al precio que sea.

Cierras la mochila y el exterior parece estallar con el ruido del motor de arranque de la Norton y decenas de gemidos de ultratumba. Tu hermana trata de arrancar la motocicleta mientras una docena de zombis se acercan en procesión hacia ella. El desfile de la muerte avanza lento pero sin compasión. El hambre acucia. El rechinar de sus dientes es una canción de despedida.

Sales fuera y comienzas a reventar cráneos. Cuando has contado siete aparecen media docena más de muertos que os tratan de rodear. La Norton arranca cuando ya es demasiado tarde. Lo que hace unas semanas fue una guapa enfermera ahora le arranca un pedazo de brazo a tu hermana.

La chica que hace dos segundos era una roca ahora es un pedazo de bistec algo lento de digerir.

Sigues en tu afán de establecer el orden en nombre de la antigua civilización reventando cabezas con un bate de aluminio Easton Super Magnum cuando cada vez queda menos para tener que tomar una decisión. Los gritos de tu hermana quieren que dejes de luchar por ti y lo hagas por ella. Pero no puedes. Tres muertos en vida se sirven en el bufete libre de tu familia. El último miembro que quedaba en vida ahora yace en el suelo inconsciente y bañado en sangre.

Consigues llegar a la moto. Nunca en tu vida habías bateado tan seguido. Tu brazo es ahora como el pistón de una locomotora. La furia concentrada en el brazo derecho parece tener vida propia. Tu cerebro puede pensar en otras cosas mientras te abres paso a bateadas.

Menos mal que los zombis son lentos.

Te subes encima de la moto y pones primera.

Sales pitando del escenario llorando. Lloras por culpa de no haber sido más rápido. Un tipo de metro ochenta con los brazos como tuberías de amianto cabalgando una seis pistones con lágrimas en los ojos y un sentimiento de culpa del tamaño de un tren de mercancías.

Tu hermana o lo que queda de ella es ahora una hamburguesa cruda deambulando por las calles de la no-civilización.

Fuerzas la moto hasta el límite y consigues salir de la ciudad. Quieres encontrar un escenario puro, sin nada que invite a rememorar tiempos pasados.

Sólo quieres ver árboles y prados verdes y sentarte a llorar y a comer Doritos caducados.

Liz despierta en un garaje. O al menos es lo que a ella le parece. El incesante goteo de una tuberia demasiado vieja, que cae a intervalos de tres segundos le martillea la cabeza como si tuviera un duende con un pico golpeando una y otra vez desde el interior de su cabeza. Su sesera es un bunquer invadido por el ejército enemigo. Su salvación es un combinado de aspirinas con agua mineral. Pero nada de ello está al alcance de su mano.

Tan sólo unas botas de motorista que casi le pisan el dedo pulgar.

Liz abre los ojos del todo y ve a un tipo vestido de redneck mirándola como si estuviera viendo una película porno. Su sonrisa socarrona lo delata. El tipo es una especie de forajido salido de un guión de serie B con botas camperas y vaqueros de saldo.

La gente no debería llevar vaqueros de saldo.

Porque les hace bolsas en el trasero y porque se ven baratos.

Pero la principal razón para no comprarse unos vaqueros de saldo es porque si te agarran el bolsillo trasero del pantalón y tiran con fuerza, te dejarán con el trasero mirando al sol, tímido, blanco e inocente, contemplando como docenas de caras a su alrededor, estallan en carcajadas.

Como si no hubieran visto nunca uno igual se reirán de tu culo. Tus dos protuberancias blancas que más de una ovación han recibido en privado son ahora como un payaso alquilado en una fiesta de cumpleaños infantil.

La vergüenza se transforma en carcajada cuando se descubre ante todos.

Liz saborea su propia sangre cuando el redneck le patea el estómago a intervalos de cuatro segundos. Junto con el repiqueteo de las gotas de agua que caen al suelo, el ritmo del sufrimiento de Liz adopta un tempo más o menos lento, cómo un Larghetto sin fin que retumba en la parte interna de su maltrecho cuerpo. El palurdo de vaqueros baratos no deja de reír y escupir en el suelo.

Liz graba cada uno de los movimientos del aspirante a defensa de fútbol con botas de montar a caballo.

Hijo de puta. Por lo menos podría llevar unas zapatillas de deporte.

Liz está acostumbrada a que le pateen el estómago desde que terminó de estudiar en la academia de policía. Hace cinco años que trabaja en la calle y se viste de puta. Podríamos decir que Liz trabaja como infiltrada hasta que alguien se da cuenta y le patea el estómago con unas botas de montar o cualquier otro tipo de zapato de macarra.

El traficante de hachís que se ha percatado de su secreto disfruta tratándola como a una lata de cerveza aplastada. Probablemente quiera violarla. Típico.

Liz consigue levantarse rodando por el suelo cuando el macarra se detiene unos segundos y se enciende un cigarrillo.

-Vaya, vaya, vaya… tienes ganas de jugar, ¿eh puta?

Típica jerga barata de matón con vaqueros de saldo.

El matón trata de golpearla con el reverso de la mano pero Liz esquiva el golpe y le propina un rodillazo en la entrepierna, acompañado de un gancho de derechas cuando el cuerpo del esbirro de saldo se dobla en un intento de apaciguar el dolor de huevos. La inclinación del cuerpo sirve a modo de suplica a un dios imaginario que no podrá otorgarle el fin de su suplicio.

El dolor arremete como un perro rabioso. La inflamación actúa a modo de defensa.  La hinchazón es el acto reflejo que avisa al cuerpo de que algo va mal. Una alarma se dispara en algún lugar del cuerpo.

Como cuando te rompen los pantalones de saldo y todo el mundo se ríe.

O como cuando una mujer policía te noquea con sólo un par de golpes.

Liz llama por teléfono mientras se limpia la sangre de la boca, le duele el estomago a pesar de tenerlo como una roca. Los refuerzos llegarán en tres minutos.

Tiempo suficiente para que alguien le dispare en la pierna desde un ángulo que le había pasado por alto. Ocurre.

Se dobla y cae al suelo mientras su misterioso oponente se acerca a paso lento. El retumbar de sus tacones se funde con el Larghetto incesante de las gotas que no cesan en su empeño de inundar el garaje a cámara lenta. No hay prisa en detonar el caos.

La muerte viene lenta escuchando sus propios pasos.

Liz ve como se acerca un hombre con un traje caro. Lo que parece ser un capo. Un traficante de hachís vestido con traje. Ridículo. El mundo del hampa cada día está peor. No le da tiempo a sacar su revólver del bolso y su forcejeo produce la risa tonta del sicario.

La cara de matón nacido en una barraca contrasta con el traje caro, igual que los chorretones de sangre que caen por la cara de Liz.

El mundo siempre tratando de impresionarnos.

El traficante de zapatos lustrosos se sitúa a la altura de la cabeza de la policía infiltrada, ve como tiembla en el suelo, ve el terror en sus ojos. El azul firmamento se convierte en un gris que amenaza tormenta. El mundo se nubla en el interior de Liz.

La esperanza se torna un caballo sediento incapaz de cruzar el desierto de sus temores.

El gatillo dicta sentencia.

La sangre avanza por el suelo como el hambre asola al mundo. Un cuerpo sin vida yace sin remedio en el subsuelo de su existencia. La vida ha terminado.

El horror se aleja calzando zapatos de piel de serpiente. El matón de vaqueros de saldo se levanta magullado, escupe algo de sangre en el suelo y dice:

-Zorra.

Se aleja agarrándose las pelotas.

Cojeando.

Cuando llegan los refuerzos ya es demasiado tarde. Dos minutos antes ya era demasiado tarde.

Pero eso es algo que ya nos sabemos de memoria.



Sales del baño y te encuentras el panorama. Las fiestas de niños ricos se desmadran hasta límites insospechados. Las cosas ocurren porque sí. Nada justifica que tu actual novia este desnuda junto a dos culturistas depilados. Lo repites para tus adentros; tu actual novia.

TU ACTUAL NOVIA.

Follando en el suelo con dos vergas del tamaño de los cañones de Navarone.

Tu actual novia parece pasarlo en grande y cuando ve la cara que pones aun le pone más ímpetu a lo que está haciendo con su boca. Te giras y sales de la habitación. Tienes los ojos inyectados en sangre  y los puños cerrados como dos guantes de boxeo. Quieres pegar a alguien pero no puedes porque no te atreves.

La rabia interna te corroe el interior.

Cuando la conociste nunca te imaginarias que pudiera llegar tan lejos. Orgías, morreos con todo el mundo, libertad convertida en dolor, un dolor punzante que te atraviesa el corazón de lado a lado. Tienes una cornamenta digna de colgar en la pared a modo de trofeo.

Lárgate. Coge las llaves del coche, ahora que todo el mundo está distraído viendo como dos chulos de gimnasio se están follando a tu supuesta novia. Vete bien lejos y trata de buscar un instante de libertad en el viento que te acaricia la cara en mitad de la noche.

En materia de relaciones siempre te las dan con queso.

Eres un mono del espacio en el campo de pruebas del amor.

No se puede ser bueno en esta vida. No se puede ir por ahí con una media sonrisa como si todo te pareciera bien, como si no tuvieras problemas con nadie. Como si te gustase que te dieran por el culo.

Has ganado un montón de pasta escribiendo un libro. Un libro que te ha dado un Mazda Mx5, dos años de alquiler por adelantado y una novia que no cesa en su empeño de ponerte en ridículo. Una novia que le gusta follar con todo el mundo pero que sólo te quiere a ti porque la tratas bien y le cuidas su ‘corazoncito maltrecho’.

Eres el jodido mayordomo de sus sentimientos.

Arrancas el coche y sales escopeteado rumbo a la autopista. Vas a buscar un lugar tranquilo para fumarte un cigarrillo de hierba y escuchar un poco la radio. Por la noche ponen buenas canciones. Las almas solitarias entienden de música.

Llegas a un descampado solitario y enciendes la radio. Delante de tus morros la ciudad ruge en todo su esplendor. Las luces reflejan el avance de la tecnología. El progreso que supuestamente estamos viviendo te da de lleno en la cara. La vista es hermosa y el humo del cigarrillo de marihuana impregna el interior del verdadero amor de tu vida.

Sales al exterior, se respira tranquilidad. Echas un vistazo a tu ciudad, llena de luces y vida. Respiras hondo y sientes que formas parte de la rueda. Eres un escritor de éxito, pero lo único que has conseguido es meterte en fiestas salvajes llenas de parias que solo saben mirarse al ombligo. Lacras de la sociedad que sonríen ante los flashes y te miran por encima del hombro. Escoria que sale en las portadas de la prensa amarilla.

A cincuenta metros un coche con el interior lleno de vaho se mueve como si estuviera recorriendo un camino lleno de piedras, pero está parado. Finges no verlos cuando la ventanilla del copiloto se abre y alguien te pregunta si tienes un condón.

-No tengo condones, estoy solo, fumando.- Admites.

Demasiada información. De la puerta sale un tipo tatuado con el torso desnudo que tiene problemas para abrocharse el pantalón. No tiene un centímetro de su piel libre. Es la versión gánster de Michael Scofield.

-¿Estás fumando? Pues dame un cigarro, tío. –te dice mientras se acerca.

Problemas. Hueles la agresividad de aquel tipo que se acerca a ti con los brazos tensos y actitud chulesca. Un hombre con necesidad de problemas. Otro arquetipo que forma parte del intrincado engranaje al que pasamos a formar parte una vez salimos del interior del útero. Sus conductos vaginales son un túnel directo hacia los problemas del mundo. Lo bueno del asunto es que algunos de sus matices son realmente interesantes. Como algunas mujeres del pasado o tu Mazda Mx5.

Le ofreces un cigarrillo y se lo mete en los labios. Te repasa con la mirada y ve que tratas de esconder lo poco que queda del cigarrillo de hierba. Le brillan los ojos y te pide una calada.

-Por supuesto. Termínalo si quieres.

Le ofreces las tres caladas que te quedaban. No importa. La verdad es que aun te queda mucha hierba. La marihuana es una vía de escape que te arrastra a tu propio mundo interior. La mente implosiona y el conocimiento toma relieve de una forma inusual. Sigues siendo tú mismo pero con una careta distinta. Eres tu propia mutación, atrapada sin remedio en las paredes de tu cabeza resplandeces bajo los efectos del THC.

Apoyado en el capó del coche el tipo agresivo fuma convulsivamente y te mira a la cara cada vez más interesado. Los dos formáis parte del escenario. Sin abrir la boca encontráis vuestro lugar en la tierra. El depredador y la víctima, oliendo su propio miedo.  Cuando el tipo agresivo abre la boca esperas que te pida otro cigarrillo o te robe la hierba que te queda o te joda el coche.

-Tú a mi me suenas. ¿Dónde te he visto? –increpa tirándote el humo en la cara.

Miras al suelo y cierras los puños para lo que pueda venir. En algunas de las fiestas en las que has estado últimamente has bebido demasiado y te has metido en follones, algunos de los cuales ni te acuerdas. Durante cinco segundos vuelve a reinar el silencio. La sombra de la duda se disipa del rostro de Michale Scofield y su cara adopta una expresión de total asombro y admiración hacia ti.

-¡La ostia! ¡Mecagüen la madre que me parió! ¡Jessy, ven corre! ¡Tú eres el cabrón que ha escrito ‘Duermo de espaldas al techo para enseñarle el culo al reino de los cielos’! ¡Jodeeer! ¡Qué grande! Me he leído tu libro en tres días, eres muy grande. Eres un escritor cojonudo.

Te relajas al instante. El nivel de alivio ha sufrido un incremento considerable. Ya no eres una víctima de la cadena de depredación humana. Sonríes ante tanto halago gratuito.

-Sí, la verdad es que soy el mismo. –Dices con una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

Jessy se acerca y os hace una foto apoyados en el Mazda. Jessy afirma que eres mucho más guapo al natural que en la foto de la contraportada del libro.

-No, no. En absoluto. Tu novio es mucho más apuesto que yo. –Dices con miedo a que este se ponga celoso.

Les dices que te vas a liar otro cigarrillo de hierba para celebrar el encuentro, pero el verdadero motivo de tu pequeña celebración es que has salvado el trasero por escribir un libro que no sólo ha tenido éxito entre los intelectuales. Lo enciendes y se lo pasas. Te preguntan qué haces en mitad de un descampado fumando hierba en lugar de estar en alguna fiesta rodeado de lameculos o escribiendo otro libro inmortal. Les cuentas que te has enfadado con tu novia porque se ha puesto a follar con dos tipos con exceso de testosterona.

-Que cabrona.-espeta Jessy. –Esta chica no sabe con quién está.

-Si quieres vamos y les meto de ostias a los dos. –dice la versión violenta de Michael.

La verdad es que no sería una mala idea. Piensas en decirles que sí, que podríais aparecer en la fiesta y patearle el trasero a tu novia y a los dos cabrones que se la han estado follando. Estás a punto de abrir la boca cuando aparece un coche patrulla detrás de unos árboles.

Se acerca lentamente y se detiene a vuestro lado. Del interior surgen dos agentes de menos de 35 años. Cuerpos altos y fuertes, miradas extraviadas, sonrisas socarronas.

-¿Qué, haciendo unos petillas, eh?

La versión del poli malo la interpreta un chico que seguramente no supo qué hacer con su vida y se presentó a las oposiciones de agente sin pensarlo demasiado.  Un tipo que fracasó estrepitosamente en todos los empleos que tuvo y harto de saltar de empresa en empresa en el intrincado organigrama laboral, decidió hincar los codos un año y medio y presentarse a policía. Los diálogos que se sabía de memoria de la Jungla de Cristal le ayudaron a decidirse a opositar para el Estado.

Y también las treinta y siete veces que vio Acorralado.

La versión del poli bueno trata de controlar la situación sonriendo amable pero con un cierto atisbo de altanería en sus voz. Asume su papel de agente conciliador y compasivo soltando de vez en cuando comentarios tranquilizadores.

-No pasa nada, chaval. –me dice. Pensando que los dueños de la hierba son la pareja surgida de dentro del coche por las pintas que llevan.

Eres un tipo con pinta de vivir bien apoyado en un Mazda descapotable y zapatos caros. A sus ojos no pareces un delincuente de poca monta, pero nunca se sabe. Podrías ser un traficante pasando varios kilos de hierba, ¿podrías? No, ¿porque hacerlo en un descampado a oscuras pudiendo hacerlo en mí piso?

Los polis no van a por ti. La versión agresiva de Michel Scoffield es quien se lleva todas las ‘simpatías’ del poli malo. El poli malo no supo qué hacer con su vida hasta que cumplió los 33 años. Como Jesucristo. Su resurrección fue su ingreso al cuerpo de policía. Otro victima repartiendo porrazos a los mártires del sistema en las manifestaciones.

-La hierba es de él. El escritor. –te acusa Michael con el dedo.

Te cruzas de brazos y con media sonrisa en la boca niegas que sea tuya. Te estabas haciendo un porro con su hierba, ellos te lo dejaron hacer.

-¿Tengo yo pinta de comprar hierba? He salido a que me toque el aire y estos tíos me han ofrecido unas caladas si les daba un cigarrillo.

Detrás de la oreja Michael aún guarda el cigarrillo que le has pasado. Eres un puto embustero. En eso nadie te gana.

-¡Serás mentiroso! Esta hierba no es mía.-La expresión de Michael es ahora una mueca de agresividad. Me mira a los ojos. Los tiene encendidos, como dos infiernos en miniatura tratando de engullirte.

Los polis ponen cara de estar enfadados y largan frases del tipo ‘No nos mientas que no somos tontos’ y cosas así. Te mantienes al margen. Reconoces para tus adentros que eres un cabrón. Mucho arte, mucho escribir y luego dejas totalmente tirados a tus fans.  Jessy te mira fijamente a los ojos. Su mirada te está diciendo a la cara lo hijo de puta que puedes llegar a ser. Y lo reconoces. Pero en el fondo te da igual porque Michael te ha acusado a ti primero. Sólo quieres largarte de este escampado. Lo único que buscabas era tranquilidad, y no lo has encontrado.

Los polis te piden el DNI y te reconocen pero no sienten ningún tipo de admiración hacia ti. De hecho nunca has escrito a favor de la policía, y eso que te presentaste una vez a un examen para ser agente. Era una época realmente confusa, ¿se sentirán perdidos todos aquellos que se presentan a las oposiciones de agente de la ley? Prefieres pensar que no, pero los hechos demuestran todo lo contrario.

Les pides a los agentes si te puedes ir, te están esperando en una fiesta. En la misma fiesta donde tu novia ha sido follada por dos gorilas con sonrisas Profident. Los polis te conceden tu deseo de escritor mentiroso con zapatos caros.

Te diriges de nuevo a la fiesta. Cuando llegas tu novia te espera con el rímel corrido y sin bragas sentada en las escaleras de la entrada. Ha llorado. Otra vez. Siempre hace lo mismo cuando se emborracha y se deja violar por todo el mundo.

Conduces a través de la oscuridad con tu novia durmiendo en el asiento del copiloto. Tu novia huele a alcohol y semen. Decides dejarla en su casa y tú te vas a la tuya. Abres la puerta y te tiras en el sofá. Decides liarte otro cigarrillo antes de irte a dormir. Te palpas en los bolsillos y te acuerdas de que la bolsa está en la mano de la versión violenta de Michael Scoffield. Te levantas y buscas en la caja donde guardas la marihuana. No queda nada.

No tienes ni para fumar. Eres un escritor de éxito pero tu novia no te respeta y tus fans se quedan con tu marihuana, aunque sea por accidente.

Te levantas y te plantas delante del ordenador. Comienzas a teclear y miras por la ventana. La ciudad te está mirando, está esperando que los deleites con tus palabras, que la abras de piernas una vez más.

Con tus palabras.

Una vez más.

Sentado en un banco del parque observas a un montón de gente ‘poniendo a prueba’ sus vidas. Largos paseos siendo arrastrados por perros en celo, carreras con zapatillas que valen más del precio que merece ser pagado, besos largos hasta la extenuación que dejan la zona bucal llena de rojeces, glándulas salivares trabajando a tope enzarzadas en la extinción de un helado de dos bolas, mentes pensantes ante un tablero de ajedrez que nunca terminan de derrotar al órgano humeante que tienen delante. La vida toma un cáliz de completa herejía del esfuerzo personal.

El trabajo del hombre es mínimo aun cuando quiere cambiar las cosas.

Tratas de cambiar al mundo destruyendo todo lo que te rodea. Aniquilación total con zapatillas de deporte y gafas de esquí demasiado grandes. Anarquía surgida de algún libro cuyas páginas se retuercen en el olvido, durmiendo el sueño eterno en una estantería demasiado llena. Demasiados libros, demasiados cómics, demasiado darle al coco.

Te tumbas en el césped y sueñas con un sistema obsoleto, que sufre la extenuación de sus valores más intrínsecos y padece algún tipo de carencia demasiado palpable. Ya nada se parece al guión original. Enciendes un cigarrillo, deseas matar algunas neuronas mediante la inhalación de dióxido de plomo y otros agentes terroristas en miniatura.

Muerte en el microscopio.

Tu elección es el cambio de roles en una sociedad tachada de vaga y acomodada. Los grandes señores de la verdad se encargan de alimentar al pobre mediante gadgets que utilizan en el espejo del baño. La superación muere debajo de la alfombra y tú, no puedes hacer gran cosa. Por eso decides terminar con todo comenzando por boicotear la falsa ilusión de realidad que trata de tirarnos el humo en la cara a diario.

Decides pasar a la acción a pesar de los daños colaterales.

Te pones de pié y te bajas los pantalones. Eres la antítesis de lo que se espera un domingo por la mañana. Eres Mr. Hyde con gafas de sol y pelo engominado. Tu provocación es tu propia sonrisa del alma. La gente te señala y se ríe. Pretendes cambiar el mundo enseñando los testículos a un montón de seres humanos que no pretenden cambiar al mundo, pero les gustaría que alguien lo hiciera. Y ese eres tú, con tu miembro caído y tu sonrisa inocente buscas la provocación para estudiar al género humano. Buscas que se siente al forzar las cosas de un modo tan obsceno.

Tu cuerpo es una estatua viviente disfrazada de elefante en miniatura.

Se acerca un coche patrulla. Los agentes de policía te bajan del banco y te obligan a subirte los pantalones. Te multan y te dan una buena regañina. Todo el mundo te rodea y quiere matarte con la mirada. Estas rodeado de globos oculares  de varios colores apuntándote con su mejor munición.

Por un momento eres una estrella del rock tocando la peor canción de tu vida. Te aconsejan que te vayas del parque.

Lo haces.

Caminas calle abajo y piensas que el mundo sigue igual a pesar de las pequeñas reacciones de la gente ante un desesperado por llamar la atención, por querer romper con los moldes, por enseñarle el pito a un montón de personas que solo quieren tomar el sol y pensar en un lunes mejor.

Enciendes un cigarrillo y clavas la vista en un punto determinado del horizonte.

 

Los escritores se enzarzan en una batalla con las palabras que los deja extenuados hasta altas horas de la madrugada. Cuando los gatos se deciden a desperezarse y levantar el trasero algunas almas solitarias encienden sus cigarrillos y abren un documento tan limpio y blanco como el rostro de una virgen, que servirá a modo de sparring en habitaciones que han visto demasiado.

A Jonás le gusta darle al teclado. De su mente salen los deseos de un hombre con los calcetines bajados y los bajos de los vaqueros con las costuras rotas. Su cerebro trabaja a toda máquina. Jonás es escritor y crítico literario. Por las noches la inspiración sale de detrás de las cortinas y le obliga a escribir hasta que le sangran los ojos y sus manos tiemblan por el terremoto que acontece en el teclado.

Sus articulaciones manuales sufren un aparente caso de capsulitis.

Su cerebro está al borde de una apoplejía.

El arte puede joderte la vida en varios sentidos.

Cuatro horas de sueño son insuficientes. Cafés, cigarrillos, chupitos largos de whisky. Adicción. Por la mañana Jonás es un trapo sucio que se arrastra hasta la ducha y pone el noticiario mientras el agua le cura las heridas que le causa la inspiración. Cada noche, después de cenar, ella se quita las medias y se abre de piernas delante del teclado mostrándole la bestia que esconde en su entrepierna. La inspiración fuma un cigarrillo tras otro y tiene una peca encima del labio superior. Jonás reluce sentado frente a la pantalla y dispara toda la munición que tiene.

La inspiración fustiga a los caballos hasta que sale el sol. Jonás sangra palabras y cae agotado en la cama mientras ella se sube las medias y apaga el último cigarrillo. Se esconde detrás de las cortinas y se queda allí, plantada. Sus zapatos de tacón rojos no se mueven en todo el día. Cuando Jonás vuelve del trabajo a la hora de comer, entra en su habitación y comprueba que los zapatos siguen allí. La puta sigue en su sitio. Eso significa que esta noche no habrá descanso.

Jonás no puede quedar nunca con ninguna chica porque en realidad necesita de la inspiración. Ella no se deja tocar pero le muestra su agujerito juguetón durante toda la noche. El escritor es una erección huérfana que no cesa en su empeño de superarse cada noche frente a las teclas. El combate es sangriento y por la mañana solo puede quedar uno. Como si fuera un miembro del clan McCloud, su escritura es como una espada centelleando en el campo de batalla.

Y la inspiración sigue fumando un cigarrillo eterno mostrando a su pequeño y rasurado amiguito.

El disco duro del ordenador está repleto de documentos con cuentos, novelas, poemas y críticas literarias que no dejan lugar para una triste película o un archivo Mp3. Las estanterías rebosan de cd’s grabables y dispositivos de memoria USB. Las palabras no entienden de tecnología y se agolpan unas contra las otras como en un matadero. Listas para que alguien las lea y se conviertan en un pensamiento inmortal.

Pero por el momento nadie se ha fijado en ellas.

Como en un cementerio abandonado la obra de Jonás no ve salir el sol.

Como en una película de serie B, el éxito no asoma la patita por debajo de la puerta.

Las palabras nacen para besarle en los morros al olvido.

La genialidad de Jonás queda relegada a horas de insomnio y calenturas frente a un PC de más de cinco años.  Erecciones que le hacen palpitar como un tambor africano en mitad de la jungla. El chico necesita aliviarse.

 

Una noche más la inspiración sale de detrás de las cortinas y se quita las medias y se abre de piernas frente al ordenador, pero Jonás no está. Jonás está en un bar ligando con una chica del trabajo, una secretaria que escribe poemas antes de acostarse y en verano lee a Baudelaire desnuda. Antes de terminarse la tercera ronda deciden subir al apartamento de Jonás.

Se besan en el sofá en forma de labios siliconados y se tocan hasta que los pantalones de Jonás parecen la montaña de la Paramount Pictures. Su miembro necesita salir y ser rescatado de una pesadilla de soledad y amargura. Encerrado durante tanto tiempo sus ansias lo convierten en un monstruo lleno de venas que solo quiere estar en un lugar más cómodo y calentito y jugar al escondite.

Se arrastran entre besos y cinturones desabrochados y caen irremediablemente en la cama, donde las sabanas acogen todo su amor efímero. Sus besos son como los de dos animales hambrientos, con desespero tratan de encontrar la exactitud del ángulo donde esculpir la perfección de un ósculo nocturno. O de varios.

El sexo es como una cascada de agua fresca cayendo encima de Jonás. Su maldición parece haber terminado.

La inspiración se enciende un cigarrillo en el marco de la puerta y contempla la escena. Dos cuerpos revolcándose en una orgia de pasión y deseo de fin de semana. Jonás es feliz y le guiña el ojo a aquella que no le deja descansar desde hace más de una década.

Ella echa el humo en el interior de la habitación y desaparece.

 

La noche siguiente nadie le enseña la entrepierna frente al teclado. Tampoco hay nadie detrás de las cortinas, los zapatos rojos de tacón de 12 centímetros han desaparecido o han encontrado otro lugar donde caer de cualquier manera en el suelo, mientas su dueña se abre de piernas ante algún alma con los ojos enrojecidos de dormir poco.

Jonás se sienta frente a la pantalla y escribe una frase. Al momento la borra y escribe otra pero esta es reemplazada por otra que vuelve a desaparecer. Y así durante una hora y media. Realmente la inspiración no ha dejado ni las sobras. Jonás, enfurecido se levanta y sale a la calle a buscar algo de inspiración. Mira en cada esquina y detrás de los anuncios de publicidad y pregunta en los bares. Nada. La inspiración lo ha abandonado.

Cansado entra en el primer lugar que encuentra abierto y se sienta en la barra. Al fondo hay una pareja sentada. Un hombre y una mujer. Él escribe en un cuaderno y bebe vasos de whisky sin parar.

Ella fuma un cigarrillo tras otro y lleva medias con liguero y zapatos de tacón de color rojo. Una peca descansa justo encima del labio superior. Una peca muy sexy.

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